Celine. ¿Cuánto hilo suelto cabe en tu cabeza? Y creés que todo se soluciona
llorando y yéndote a dormir. Pero sabés con certeza al segundo que salís de ese
surrealismo, que fue un escape de guarida. Y el inevitable esperó en todo tu
viaje onírico, en el lado que más duele. Pero si nuestra locura no es más que desesperación y un enredo de
reflexiones egocéntricas cubiertas de perspectiva débil. Así y todo, solo nosotras dos
sabemos lo que sufrimos. Lo que vemos y sentimos. Y al final del día (y al
principio, y en el transcurso) nos inundamos de angustia, nos
volvemos a inclinar en la tristeza. Celine, ¿Cuándo tendremos paz? En qué momento te volviste mi enemiga, nuestra
relación funcionaba tan bien. ¡El mundo era nuestro, Celine! Ahora tu hábitat es
una cueva repleta de estalactitas. Te
extraño tanto.
Y no bajes del colectivo cuando hay que bajarse. No
toques el timbre. No camines por los lugares que se suponen. No actúes con
lógica de maquinaria. No lo hagas si no querés, te voy a entender. Tal vez
podamos sobrevivir de todas formas. En calles de arena movediza con las utopías
a modo de oasis. Agregando experiencias a nuestro cuaderno de recuerdos. Hasta que
se acaben las hojas, o se pudran por la humedad del llanto.

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